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CARTA XLVII




     «A la carta que me escribiste yendo de camino, tan larga como el propio camino, contestaré más tarde, puesto que me precisa retirarme y estudiar bien lo que he de aconsejarte. Pues, tú mismo que me pides consejo, te demoraste mucho antes de pedirlo; ¡cuánto más no tendré que demorarme yo, puesto que precisa más largo tiempo para resolver una cuestión que para proponerla! Y por añadidura, siendo tu conveniencia diferente de la mía. ¿Hablo otra vez con un epicúreo? Mi interés y el tuyo son uno mismo, pues yo no sería tu amigo si todo asunto tuyo no fuese también mío. La amistad establece entre nosotros comunidad de bienes: Ninguna adversidad ni prosperidad afecta a uno sólo de los dos, puesto que tenemos una misma vida. No es posible que viva feliz quien no dirige sus ojos más que a sí mismo y todo lo refiere a la propia utilidad; si quieres vivir para ti mismo, es menester que vivas para otro. La vigilancia diligente y fiel de esta hermandad que junta al hombre con el hombre y establece un derecho común en el linaje humano, ayuda mucho también a cultivar el íntimo compañerismo de amistad de que te hablaba, pues tendrá toda cosa común con el amigo quien tiene mucha con el hombre. ¡Oh Lucilio, el mejor de los hombres! Harto preferiría yo que estos sutiles maestros me enseñasen mis deberes hacia el amigo, hacia el hombre, que no cuántos significados tiene la palabra “amigo”, y cuántos la palabra “hombre”. La sabiduría y la estulticia siguen rutas muy opuestas. ¿A cuál de ellas me acercaré? ¿Qué partido quieres que tome? Para uno es igual hombre que amigo; para otro, “amigo” no es equivalente a “hombre”; aquél toma el amigo para ventaja suya, éste se entrega en ventaja del amigo. Tú, mientras, andas torturando palabras y separando sílabas. Si no es con un montaje de cuestiones falaces que enlacen ilegítimamente una mentira con unos principios verdaderos, no podré distinguir las cosas que deba desear de las que deba rehuir. ¡Qué vergüenza! En una cosa muy seria, nosotros, ancianos, no hacemos más que jugar.
     “Ratón son dos sílabas; pero el ratón roe el queso; las sílabas roen, pues, el queso.” Supón que yo no puedo resolver este sofisma; ¿qué peligro me amenazaría, y qué inconvenientes podrían derivarse de esta ignorancia? Sin duda tendría que andar temeroso de que algún día atrapase sílabas en la ratonera o que, si me distrajera, un libro me royese el queso. A menos que tal vez resulte más sutil este otro silogismo: “Ratón son dos sílabas; pero las sílabas no roen el queso; el ratón, pues, no roe el queso”. ¡Oh pueriles inepcias! ¿Por ello arrugamos el entrecejo? ¿Por ello nos dejamos crecer la barba? ¿Esto es lo que enseñan, pensativos y pálidos? ¿Quieres saber lo que promete al linaje humano la filosofía? El consejo. Tal es reclamado por la muerte, tal otro es torturado por su riqueza o por la riqueza ajena; uno tiene horror al infortunio, otro desea substraerse a su propia prosperidad; éste anda en desgracia de los hombres, este otro, de los dioses. ¿Qué tengo qué ver yo con estas historias? No es tiempo de chanzas; hay desventurados que te reclaman. Has prometido socorrer a los náufragos, a los enfermos, a los necesitados, a los que tienen en su cabeza bajo la segura alzada. ¿Por dónde te descarrías tú, qué haces? Este con quien estás jugando vive en temor; socórrele, por más que el temor le ate con las angustias de la indecisión. Todos los que pierden la vida, todos los que tienen que perderla, imploran algún auxilio; tú eres su esperanza y su fuerza. Ruegan que les libres de tan gran inquietud; dispersos y errantes, piden que les muestres la clara luz de la verdad. Díles lo que la Naturaleza ha señalado como necesario, lo que ha señalado como superfluo, qué leyes tan fáciles nos ha dictado, cuán desenvuelta y agradable es la vida para los que siguen aquellas leyes, cuán amarga y difícil es para aquellos que confían más en la opinión que en la Naturaleza, en el bien entendido que antes les hayas enseñado que cosas pueden aligerar una parte de sus males. ¿Qué es lo que minora sus apetitos? ¿Qué es lo que puede templarlos? ¡Ojalá vuestros sofismas sólo fuesen inútiles! Son también dañosos. Yo te demostraré, en el momento que quieras, hasta la evidencia, que el entendimiento más noble, entregado a tales argucias, disminuye y se extenúa. Da vergüenza considerar qué armas procuran, cómo preparan a lo que tienen que luchar con la fortuna. ¿Por aquí se va al bien supremo? ¿Por esta cavilación del “si es que sí, o si es que no”, y por las argucias viles e infames, aun para los expositores de los edictos? ¿Qué tramáis cuando adrede hacéis caer a aquel a quien interrogáis, sino pretender que se vea que ha perdido por la fórmula? Pero así como el pretor vuelve a aquéllos a la situación inicial, así a éstos a la filosofía. ¿Por qué decaéis de vuestros compromisos, y después de decir la palabra grandilocuente que por obra vuestra ni el brillo del oro, ni menos aún el centelleo de la espada me cegaría los ojos, que con firme constancia pisaría a aquello que todos deseamos y que todos tememos, descendéis a los elementos de la gramática? ¿Qué andáis diciendo? “¿Así se sube al cielo?” Pues he aquí lo que nos promete la filosofía, hacernos igual a Dios. A esto he sido invitado, a esto he venido: ateneos a lo que habéis prometido. Deslígate, pues, querido Lucilio, tanto como puedas, de estas objeciones y prescripciones de los filósofos: corresponden a la bondad cosas inteligibles y sencillas. Aunque me quedasen muchos años de vida, sería menester ahorrarlos para que bastasen a lo necesario; ¿qué locura es ésta de aprender cosas superfluas con tanta estrechez de tiempo? Consérvate bueno.»


― Séneca. “De la amistad. Cartas morales a Lucilio. Carta XLVII”.

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